por Valentina Tovar Mota
En México, a finalizar el siglo XIX, el divertimiento conocido como género chico – sainetes, cuplés, zarzuelas en un acto- se popularizó de manera sorprendente en las distintas ciudades del país. Las compañías teatrales españolas habían atravesado el Atlántico para instalarse en los ambientes citadinos de México. Muchos de los repertorios que incluyeron las compañías habían sido estrenados con anterioridad en los tablados de Madrid. La popularidad del género chico fue tan comentado en la prensa mexicana durante finales del siglo XIX, que hoy en día podríamos compararlo con el fenómeno musical que en su momento representó el reguetón.
¿A qué se debió el éxito del género chico? Según los mismos periodistas, como Amando Nervo, estaba convencido de que el género chico tenía una vinculación directa con el público -que se daba- a partir de personajes que parecieron alcanzables. Así, el teatro breve presentaba historias de gente que tenía la misma condición social que la del espectador. Al poner en el escenario a mujeres y hombres que vivían los temas de amor y desamor de forma parecida a su audiencia, y al conectar con ambientes carentes de lujo, como la calle, el vecindario o el barrio, los públicos se vinculaban de manera inmediata. Esta identificación de la gente con las puestas en escena fue la gran conquista del género chico, pues dialogó con audiencias que no necesitaban estar formadas ni informadas, en cuestiones del gusto teatral, utilizando un lenguaje ágil y sencillo, desplegando una verdadera estrategia comunicativa que le llevó a obtener gran éxito.
Pero como todo éxito mediático que se respete, el género chico importado de España comenzó a ser cuestionado por algunos periodistas y literatos mexicanos que lo percibieron como un obstáculo para construir un “teatro nacional”. Por ello, los escritores, Ángel de Campo, y Amado Nervo, trataron de contrarrestar la popularidad del género chico haciendo énfasis en sus crónicas, la importancia de alcanzar un lenguaje autentico dejando atrás las expresiones de las clases populares madrileñas, tales como las de, “gaché” “sinturiya” “resalao” utilizadas por los personajes de las obras.
En algunos suplementos humorísticos de las revistas de época, Ángel del Campo, con bastante sarcasmo escribía para la revista El Cómico: “El chico que ha concurrido a las tandas se pone jarras y aunque nacido en Azcapotzalco, resulta andaluz por acento, miu uté caballero, la mojca es gratis, y si no le gusta ejpántela”. La idea de varios periodistas de la época fue desterrar el género chico, de los tablados, pero este había llegado para quedarse. Los localismos españoles, no fueron un problema a la hora en la que el público presenciaba la obra, pues la idealización de elementos como el amor, la honestidad, la honradez que pretendían exaltar la vida cotidiana de las clases populares lograban su propósito de manera natural.
Las reacciones en contra del género chico continuaron hasta las primeras décadas del siglo XX. Pero para este momento, el teatro breve se había aclimatado en el país, y comenzaron a producirse obras locales que encontraron su propio mercado en esos públicos nada exigentes. Los músicos, literatos y libretistas, mexicanos y españoles produjeron obras más acordes con las experiencias cotidianas de las clases populares de la capital, y poco a poco, los habitantes de las grandes y pequeñas ciudades del país se entregaban a las delicias de un género que nada tuvo de chico.
