Insistir en el estudio del Estado, a pesar de su cuestionamiento

por Lucía Cortez

Que el Estado, en todas sus dimensiones, sea uno de los temas más visitados por los estudios del campo de las humanidades y las ciencias sociales posiblemente no sea una novedad. Que, en los últimos años, y en Argentina, estemos asistiendo a un proceso en el que sus representantes no dejan de cuestionarlo y denostarlo es, al menos, inquietante.

Me encuentro terminando la redacción de una tesis doctoral que trata, principalmente, sobre el estudio en profundidad de una oficina estatal que tiene entre sus atribuciones la de contribuir a la apropiación material y simbólica del territorio en el marco del complejo proceso de configuración estatal que las provincias argentinas atravesaron durante el siglo XIX. El análisis puntual de aquella oficina, el Departamento Topográfico mendocino, se convirtió en una de las vías posibles para comprender, a partir de las trayectorias de los agentes que en él desplegaron sus saberes; de las obras que ejecutaron y del vínculo con otras oficinas contemporáneas, algo menos específico y, por lo tanto, más estructural. Me refiero al estudio del proceso de edificación del Estado, de ese recorrido largo y sinuoso que tanto ha preocupado a historiadores a través del tiempo. Pero en este caso, en un tiempo y espacio acotado: Mendoza, Argentina, durante la segunda mitad del siglo XIX.

Volviendo a lo que intento compartir en estas líneas, que no es precisamente una presentación de mi tema singular de investigación, sino una reflexión que me ha acompañado durante toda la elaboración de este proyecto escritural, incluso, desde cuando daba mis primeros pasos en él. ¿Por qué estudiar al Estado cuando ya ha sido analizado de múltiples maneras? ¿Por qué hacerlo en un contexto en el que está siendo tan criticado discursivamente y desmantelado operativamente?

Desde ya, adelanto que no tengo una respuesta cerrada y concluyente. Sin embargo, a lo largo de estos últimos años lo mejor ha sido sentirme acompañada por esa comunidad de investigadoras e investigadores con la que hemos, al decir de las escritoras Val Flores y Lucía Egaña cuando piensan sobre los procesos escriturales (2019), construido una amistad epistémica desde la cual esos interrogantes se fueron transformando y potenciando. Encuentro así, entre las líneas pertenecientes a la multiplicidad de publicaciones que tienen al Estado como objeto de estudio principal y que han visto la luz recientemente, un gesto. Un gesto que contiene algo de resistencia. Ante un cuestionamiento incesante, mayor esfuerzo por comprender su complejidad, el devenir histórico que lo fue moldeando y las distintas impresiones que los contextos espaciales y temporales fueron afectando su configuración.

Las líneas en las que ese análisis se ha realizado han sido múltiples y variadas. Sin embargo, una en las que se ha profundizado en el campo historiográfico local es la que incluye un estudio pormenorizado de las burocracias en sí mismas, poniendo foco en los elencos que las han conformado. La propuesta apunta a conocer en profundidad aquellos grupos de personas que contaron con cierto saber técnico a partir de la reconstrucción de las redes en las que estuvieron insertos; la vía por la cual accedieron a esos saberes y cómo sus perfiles individuales y colectivos se entrelazaban con las instituciones a las que pertenecían. En definitiva, un intento por darle un rostro humano al Estado, ese mismo del que ya hablaban Germán Soprano y Ernesto Bohoslavsky hace una década.

Como tentativa de cierre, esta invitación a insistir en el estudio del Estado a pesar de su cuestionamiento porque posiblemente en ese gesto de insistir en preguntarnos acerca de nuestros temas de investigación y su relación –o no- con el tiempo presente que habitamos, sea una alternativa para encontrarle nuevos sentidos. 

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