por Erica Cubilla
En 1911, el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo (DNT) de la República Argentina,publicó un informe titulado “Abaratamiento de los artículos de consumo”:
El 15 de enero del corriente año, la municipalidad de la Capital inauguró la primera feria franca de concurrencia absolutamente libre para todos los productores de artículos de consumo. Con posterioridad, se establecieron diversas ferias francas en diversos puntos del municipio, teniendo especialmente en cuenta aquellos parajes en que la población obrera es mayor y más compacta. (…) Como objeto principal, buscan acercar al productor al comprador, suprimiendo los intermediarios que, como se sabe, encarecen el costo del artículo de consumo …
El informe del DNT ilustra, en un contexto de encarecimiento de los productos de primera necesidad, el impulso del consumo urbano a partir de la creación de circuitos barriales de ferias francas en la ciudad de Buenos Aires entre 1910 y 1930. La ciudad creció de 1.231.698 a 2.415.142 habitantes entre el censo municipal de 1909 y el de 1936, respectivamente. Esta población que aumentó a partir de grandes oleadas migratorias europeas, sufrió los vaivenes económicos de la época. Se conformaron nuevos barrios en el suburbio y, en consecuencia, aumentó la demanda urbana de productos y servicios, comestibles, vestimenta, muebles, herramientas, entre otros. Grandes tiendas, pequeños comercios, mercados municipales y privados, ferias francas, puesteros, comerciantes, vendedores ambulantes, fueron algunos de las y los actores y espacios que comprendieron el entramado comercial que abasteció a la ciudad.

El Estado municipal intervino durante todo el período para alcanzar el abaratamiento del costo de vida. Estas acciones estuvieron marcadas por los períodos de crisis económicas, principalmente por la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y por el quiebre de la Bolsa de Wall Street (1929), que encarecieron la alimentación debido a la suba de precios y al empobrecimiento de la población. En esas coyunturas, los gobiernos municipales de turno impulsaron las llamadas Ferias Francas que brindaban productos a precios de hasta un 40% más económicos, directos del productor al consumidor. Éstas se ubicaron en las calles principales de cada barrio con puestos que se armaban y desarmaban diariamente y funcionaron de martes a domingos. Los productores llegaban durante la madrugada para montar sus puestos y traían sus carros cargados de frutas, verduras, carnes, carbón, leña, entre otros. Ya entrada la mañana, las mujeres recorrían los puestos con sus bolsas y canastos en busca del mejor precio, con el objetivo de cuidar el presupuesto familiar.

Estos espacios fueron de relevancia para el consumo a precios módicos, arbitrados por el Estado municipal a través de sus funcionarios que realizaban control de precios y de calidad con la reglamentación y la inspección de dichos lugares. Este proceso no estuvo exento de disputas, ya que las estrategias municipales contenían una crítica a los intermediarios o pequeños comerciantes barriales quienes, en su diagnóstico y el del DNT, eran los responsables del encarecimiento. Del mismo modo, ya entrada la década de 1930, los propios vecinos nucleados en asociaciones vecinales realizaban reclamos a la Municipalidad por el traslado de ferias que obstaculizaron el tránsito y arrojaban basura al espacio público.
Así, poner el foco sobre las ferias francas permite pensar en el tema del consumo en Buenos Aires durante las tres primeras décadas del siglo XX, ya que, dada su importancia para el bienestar de la población, fue objeto de preocupación política. Las crisis causadas por el alza de precios en productos de primera necesidad en coyunturas críticas fueron momentos de intervención y de diseño de estrategias para fomentar el abaratamiento de la vida. Como presentamos, estas prácticas estuvieron permeadas por la urgencia, generando disputas entre los diferentes actores y las necesidades particulares de las y los habitantes.
