¿Mujeres en la historia?

Sección Especial: El 8 de marzo y la historia con mujeres

Fausta Gantús

Que las mujeres son parte de la historia es una verdad incuestionable, una verdad de Perogrullo (o Pedro Grullo). Lo que no está tan claro es ¿de qué historia? Esto es, en tanto existen, las mujeres están y son, pero lo que no es igual de certero y claro es que hayan estado y fueran, estén y sean en buena parte de la historiografía que se ha escrito a través del tiempo en el mundo.

En efecto, durante siglos la recuperación del pasado, eso que llamamos historia, pero que es, en realidad, la historiografía, se escribió en masculino. Y no es casual, se escribió así porque fue investigada y narrada por hombres. En esas historias, en esa historiografía, las mujeres estaban prácticamente ausentes; que apareciera alguna era la excepción y no la regla. Además, en términos generales, cuando se aludía a ellas eran presentadas como la antítesis de los hombres y de lo masculino, pertenecían, por tratar de sintetizarlo de algún modo, a un estrato inferior. Los hombres representaban los valores de una sociedad, las mujeres lo contrario: si el hombre era valiente, la mujer temerosa; si él sabio, ella ignorante, y un largo etcétera. Y fue así desde la historia que contó Herodoto, aquel que suele reconocerse como el primer historiador, propiamente, en la historia de occidente –valga el juego y la redundancia–: como el padre de la historia (y aunque ese padre seguro tuvo abuela, parece que no causó muy buena impresión en el nieto, pues poco influyó en su concepción sobre las mujeres). En la historia de Herodoto, desde esa visión de época, las mujeres aparecen, o hay alusiones a su existencia, en reiteradas ocasiones, en cambio, por ejemplo, Tucídides apenas las menciona.

Aunque intuyo que en las historias que se escriben en el mundo oriental debe suceder algo similar, si no es que aún mucho más marcado, dado el carácter dominantemente heteropatriarcal de esas sociedades, conviene precisar que lo que aquí anoto refiere exclusivamente al caso de las narrativas históricas del mundo occidental, que es del que conozco un poco, infinitamente poco en verdad. Bien, de aquellas historias griegas anteriores a la era cristiana a nuestros días las cosas han cambiado, ciertamente. Pero esos cambios fueron muy lentos y, en realidad, me atrevo a decir, empezaron a ser significativos apenas en el siglo XX y, más aún, en la segunda mitad.

Porque la historia se institucionalizó como una materia que formaba parte de las currículas universitarias en Europa apenas hacia mediados del siglo XIX. Unas décadas más tarde, en la de los setenta, finalmente, fue reconocida como una disciplina/ciencia: la Historia (con mayúscula) adquirió el carácter de carrera independiente. Y, claro, como es posible suponer, fue enseñada por hombres a hombres, que con sus muy rimbombantes títulos se convirtieron en las voces autorizadas para contar la historia, las historias: historias también protagonizadas por hombres. Habrían de transcurrir muchos años para que las mujeres se inscribieran en esa carrera y escribieran historia. Y he aquí que, pese a ser mujeres, las historiadoras, durante décadas, escribieron/escribimos historia en masculino, porque era lo que habían/habíamos aprendido.

Las mujeres seguían menospreciadas, cuando no francamente invisibilizadas, de las historias, sin importar el sexo de quien las escribiera. Pero el que mujeres hubieran empezado a hacer –investigar y escribir– historia tendría, finalmente, repercusiones.  Y algo empezó a cambiar en las narrativas historiográficas alrededor de la segunda mitad del siglo XX, en particular desde la historia social y la cultural: la actuación de las mujeres, ya no como excepción sino como constante, empezó a cobrar importancia. Claro, las continuas luchas feministas, de obreras y de sufragistas tuvieron en ello influencia.

La toma de conciencia de la ausencia de las mujeres en las historias que se habían contado y se contaban y la necesidad de hacerlas presentes fue cobrando nuevas dimensiones y se desarrollaron dos corrientes historiográficas muy importantes en Europa y América: la historia de las mujeres y la historia del género (que no son lo mismo, hay que insistir en ello). Finalmente, una historia en femenino se estaba escribiendo.

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