Sección especial: El 8 de marzo y la historia con mujeres
Fausta Gantús
Que las mujeres son parte de la vida política, hoy no se pone en duda pues, aunque aún en franca minoría, hay cerca de 30 mujeres actuando como ministras o jefas de Estado en algún país del mundo (de un total de alrededor de 200). Pero ¿desde cuándo lo son? ¿Desde cuándo son las mujeres reconocidas como protagonistas del mundo de la política y, por ende, de su historia? Esto es, no se cuestiona en el presente su intervención en las dinámicas gubernamentales pero, seamos honestas/os, lo que no está tan claro es que no se les continúe regateando su importancia en la política.
Precisemos, antes que estas mujeres electas en regímenes democráticos, estuvieron las reinas y las sultanas, pero ellas eran la excepción en un mundo gobernado por monarcas masculinos. Como excepción siguen siendo, a pesar de todo las mujeres líderes en política o cualquier otra área de la acción o actuación en la esfera pública (desde los negocios hasta las ciencias). Porque lo que importa aquí es el plural: mujeres, entendidas como colectivos (o colectivas, según ciertas corrientes feministas) que actúan socialmente. Esto es, lo que interesa observar no es la presencia de Mujeres (sí, con mayúscula), cuya historia podría, y suele, ser contada en clave monumentalista, o de bronce en el caso mexicano, sino seguir el rastro de las mujereS (con mayúscula para enfatizar el plural) que participan en la vida política. Porque lo que sí se puede cuestionar es la ausencia de esas mujeres en buena parte de la historiografía sobre la política, en el mundo, en el mundo occidental, en Latinoamérica y en México.
Si centramos nuestro interés en la historiografía que estudia la historia política observaremos que las mujeres aparecen poco, muy poco. Y aún en las corrientes historiográficas enfocadas en mujeres y en género, es limitado el interés en entenderlas como parte de la dinámica general de la vida política de una sociedad. A inicios de la década de 1990s vieron la luz los cinco tomos de la colección coordinada por los historiadores Georges Duby y Michelle Perrot bajo el título general de Historia de las mujeres, –que pese a la pretensión abarcativa atendía dominantemente a las del mundo occidental–, que tuvo como objetivo recorrer desde la “antigüedad” hasta el “Siglo XX”, que apareció en italiano, en francés y en español, de manera secuencial y con tan solo un par de años entre unas y otras. Dos méritos destaco de la propuesta: reunir en un mismo espacio a estudiosas/os, con mayor o menor grado de especialidad en la materia y, dos, darle visibilidad y potenciar los estudios de esa perspectiva historiográfica.
Vale la pena aclarar, para evitar confusiones, que lo que Duby y Perrot, muy atinadamente lograron, fue conjuntar las plumas de quienes venían arando ese terreno desde, al menos, un par de décadas atrás, ocupándose de los temas más diversos. Esto es, no debemos a ellos la existencia de la corriente historiográfica, sino solo el impulso que le dieron porque supieron aprovechar muy bien el potencial que representaba. Vemos asomarse ahí, en aquella colección, de manera minoritaria, pero constante, asuntos de política y preocupaciones de lo político. En algunos capítulos de ese esfuerzo colectivo, la naturaleza de esas cuestiones se hizo evidente: en el tomo tercero, Natalie Zemon Davis escribió el capítulo “Mujeres y política” y Arlette Farge, “La amotinada”. En el cuarto, Dominique Godineau, dio forma a “Hijas de la libertad y ciudadanas revolucionarias” y Élisabeth G. Sledziewski a “Revolución Francesa. El giro”. En el tomo quinto y último, Mariette Sineu publicó “Las mujeres en la ciudad: derechos de las mujeres y democracia”; Elena Grau Biosca, “De la emancipación a la liberación y la valoración de la diferencia. El movimiento de mujeres en el estado español, 1965-1990”; Susana Bianchi, “Las mujeres en el peronismo (Argentina, 1945-1955)”; y, para el caso mexicano, Gabriela Cano, “Revolución, feminismo y ciudadanía en México, 1915-1940”. Como es fácil observar, la preocupación por la actuación de las mujeres en las dinámicas políticas de la esfera pública, fue creciendo conforme la historia que se contaba era más cercana al presente desde la cual se escribía.
A aquel pionero esfuerzo habrían de seguir otros similares, como el de Historia de las mujeres en España y América Latina en el mundo moderno, en cuatro tomos, dirigida por Isabel Morant, que apareció en los años 2000s, con un par de capítulos orientados al aspecto político, en especial los compilados en el apartado “La política liberal. La diferencia de los sexos”, del tomo tercero, aunque el tema se cuela en algunos otros. Y también sería replicado en algunos países como Argentina o Chile, entre otros, que no hay espacio para anotar.
Pero me permito aquí un par de observaciones: sin restarle reconocimiento a los esfuerzos desplegados, en esas historias la cuestión política ha tenido un papel de reparto más que de protagonista; y, segunda, que esa historiografía –de mujeres y de género–, que sin duda en su momento fue necesaria y útil, en su vertiente actual, al poner a las mujeres al centro termina por estudiarlas, me parece, casi siempre, al margen.
