Entre la fe y la rebeldía: los sacerdotes que desafiaron a la Iglesia en Zacatecas a mediados del siglo XIX

Manuel de Jesús Arroyo Monsivais

A mediados del siglo XIX, los templos de Zacatecas no solo fueron recintos de oración, también fueron escenarios de una resistencia inesperada. Mientras el obispado de Guadalajara se oponía ferozmente a la secularización del Estado, un grupo de sacerdotes decidió romper filas para abrazar el ideario liberal. Entre ellos destacaron los sacerdotes Ramón Valenzuela y Francisco de Paula Campa. Estos clérigos, divididos entre su devoción espiritual y su convicción republicana, se convirtieron en piezas clave para la construcción de un estado laico desde el territorio zacatecano.

La insubordinación de los clérigos comenzó en enero de 1857, cuando los sacerdotes Valenzuela y Campa se unieron a las tropas del gobernador Victoriano Zamora para partir a una campaña militar en San Luis Potosí. Al hacerlo sin su permiso, el obispo Pedro Espinosa reprobó esta acción argumentando que el gobernador Zamora no tenía la autoridad para disponer de su clero. Como castigo por su indisciplina, los presbíteros fueron suspendidos de sus funciones, prohibiéndoles celebrar la eucaristía, realizar confesiones y cualquier otra actividad propia de su ministerio. Sin embargo, la tensión no era nueva.

Campa y Valenzuela no solo eran sacerdotes, sino también redactores de los periódicos La Opinión y La Lámpara. Desde estas páginas, el clero de Zacatecas los acusaba de atacar al Colegio de Guadalupe, al cura Juan José Orellana y a toda la comunidad eclesiástica local. Ante lo que llamó un “criminal abuso de la libertad de imprimir”, el obispo Espinosa prohibió nuevamente a Campa el ejercicio de su ministerio. Además, ordenó que, de no surtir efecto la sanción, se informara públicamente a los feligreses desde los púlpitos sobre su situación. Desde el periódico La Lámpara, Campa tachó de injustas las sanciones de la Iglesia, aunque terminó retractándose de sus críticas para buscar la absolución en el Colegio de Guadalupe. Incluso renunció formalmente al juramento constitucional ante el Congreso y ofreció disculpas al cabildo eclesiástico de Guadalajara.

Mientras Campa buscaba el perdón de la Iglesia, Valenzuela radicalizó su postura liberal. El presbítero comenzó a desviar limosnas y donativos de la parroquia mayor de Zacatecas para financiar a las tropas del general Jesús González Ortega. Ante esta acción, el cabildo eclesiástico le exigió la entrega inmediata de todos los templos bajo su mando. Valenzuela sostuvo este desafío durante un tiempo hasta que, finalmente, entregó las parroquias, renunció a su ministerio y se alejó definitivamente de la Iglesia católica. 

Para 1862, consolidado en la causa liberal, Ramón Valenzuela integró la Junta Patriótica de la ciudad de Zacatecas para enfrentar la intervención francesa. Sin embargo, su papel más relevante fue como juez del recién creado Registro Civil de la ciudad de Zacatecas, cargo que ocupó del 1 de enero de 1867 al 3 de diciembre de 1876. Desde allí lideró campañas para que la ciudadanía registrara nacimientos, matrimonios y defunciones ante la autoridad civil y no ante la religiosa. Pese a su labor, en 1871 el Congreso estatal intentó destituirlo, argumentando que su pasado como sacerdote y su servicio previo durante el Segundo Imperio lo hacían poco apto para el cargo. Aun así, continuó ejerciendo sus funciones. 

Las vidas de Francisco de Paula Campa y Ramón Valenzuela personifican las profundas fracturas de una época de cambio como la de la separación Iglesia-Estado. Mientras uno buscó la misericordia divina, el otro se transformó en un pilar de la nueva arquitectura civil del Estado. Sus historias nos recuerdan que, en el México del siglo XIX, la frontera entre la fe y la política no solo se dibujaba en las leyes, sino también en las conciencias de quienes se atrevieron a desafiar el orden establecido.

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