Leer divulgación histórica

por Joaquín García Marquillas

@Joaquin65841261

En los últimos meses leo arduas disputas en las redes sociales en torno a la divulgación histórica. Discusión que, claro está, no es para nada nueva y tiene lugar en otros espacios.

Ante esta discusión, es posible observar cómo abren numerosos problemas por demás bastantes amplios y complejos. Por ejemplo, es notorio que, entre otras cosas, lo que se pone en juego es qué definición hacemos del trabajo del historiador, cómo consideramos a la historia como disciplina, qué implicancias políticas y sociales son pertinentes o legítimas y necesarias sostener. También se presenta el debate en torno al rol de las instituciones, los aficionados y los especialistas. Por supuesto, emerge la pregunta de cómo se debería hacer divulgación histórica en este contexto que define el mundo digital, dónde el tiempo y el espacio constituyen categorías eclipsadas, entre otras cosas.

La trama adquiere densidad. Por ahora, me interesa mirar con cierto detenimiento la figura del lector, o mejor dicho, la práctica de leer.  Quizás más precisamente, pensar la relación entre el lector y la divulgación histórica.  

Quienes estudiamos historia nos gusta (claro que no es un capricho) anclar los objetos, discurso y prácticas en sus contextos socio-históricos específicos. Esto nos permite suponer que, ciertos éxitos editoriales de divulgación histórica nos hablan de la época que los  enmarca. Entonces, inevitablemente, tienen implicancias sociales y políticas, también culturales. Un claro ejemplo ha sido la serie “Algo Habrán Hecho” conducida por Felipe Pigna y Mario Pergolini en 2005 cuyo telón de fondo fue cómo encontrar respuestas para lo sucedido en 2001.

Evito la discusión en torno a la rigurosidad de los trabajos de divulgación histórica que circulan y explicito mi punto de partida, que es ante todo, una preocupación: la masividad que tienen estas producciones las convierten en referencias claves para un público amplio y omitir esto es una fatalidad. En este punto, al lector le concierne una tarea exigente, o mejor dicho, nos concierne.

Además de considerar el contexto en el que tiene lugar una producción de divulgación histórica, el lector debe entender que la forma en la que se inscribe, es decir, si es un documental, un podcast, una revista, un blog, etc., resulta fundamental para lo que se muestra. Cada formato tiene sus potencialidades y límites.

Pensar la práctica de la lectura es reconocer ante todo, al lector. Y éste debería (debe hacerlo) poder juzgar qué es lo que se le propone.  Pienso esto en relación a un concepto que se trabaja desde la pedagogía crítica; la literacidad crítica.  Siendo breve y un tanto práctico, leer críticamente implicaría: a) contextualizar de las producciones y presentación de los autores; b) distinguir acontecimientos, interpretaciones y opiniones; c) reflexionar sobre la veracidad de las fuentes y evidencias; d) distinguir las intenciones o ideologías y las fuentes;  e) distinguir manipulación y denuncia; f) descubrir e interpretar silencios. 

Más que un catálogo de “buena lectura”, los ítems desplegados nos dan herramientas (aquí me incluyo como lector) para leer producciones de divulgación histórica. La aceptación de la pluralidad nos debe evitar de las tentativas de establecer criterios para decir de antemano qué leer y qué no. O de hacernos ecos de esas críticas viscerales que se cruzan en las discusiones entre posiciones antagónicas, simplificadas a veces como “populares” y “la academia. En síntesis: leer será la tarea.

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