La Toma de Zacatecas ¿el fin de la Revolución Mexicana? Parte I

por José Eduardo Jacobo Bernal

El 23 de junio de 1914 se llevó a cabo una de las batallas más trascendentales en la historia nacional mexicana, no sólo por el número de contendientes -alrededor de 25 mil revolucionarios y 13 mil efectivos del ejército federal- ni por la cantidad de muertos, la cual oscila entre los 8 y 12 mil, sino por sus implicaciones políticas.

            El movimiento tenía más de un año de haber comenzado a causa del asesinato del presidente Francisco I. Madero por órdenes del militar Victoriano Huerta, quien intentaba emular a Porfirio Díaz e instaurar una dictadura militar. Díaz había permanecido 30 años en el poder y fue, en primera instancia, la razón por la que comenzó el movimiento revolucionario, encabezado por el propio Madero. Esta primera fase revolucionaria terminó rápido gracias a la renuncia y exilio de Díaz. Sin embargo, la presidencia de Madero se enfrentó a un contexto muy difícil y los cambios prometidos, sobre todo en el tema de redistribución de la tierra, no pudieron lograrse.

            Hay que señalar que el movimiento maderista tenía una finalidad casi exclusivamente política, pues lo que buscaba era la alternancia democrática y permitir a las clases medias acceder a la esfera política, la cual se había estancado tres décadas con los adeptos a Díaz. Lo que Madero no contempló fue que la insurrección al gobierno haría aflorar otro tipo de demandas. Caudillos populares como Emiliano Zapata o Francisco Villa participarían del conflicto con miras a resolver temas de justicia social, el primero teniendo como aspiración una distribución de la tierra en forma de ejidos comunales, cercanos a la concepción indígena de la propiedad; mientras que Villa tenía como modelo los pequeños ranchos norteamericanos, por lo que luchaba en contra del modelo latifundista impulsado por Díaz.

            Estos actores apoyaron a Madero en su ascenso a la presidencia y esperaban, a cambio, ver sus demandas satisfechas. Ante la demora, Zapata se levantó en armas, pero se estaba trabajando en las negociaciones de paz cuando sobrevino el golpe de Estado huertista. Lo que volvió a poner al país en un estado de guerra civil, pues Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila -entidad federativa que colinda con los Estados Unidos-, hizo un llamado a derrocar al golpista, autoproclamándose Jefe del Ejército constitucionalista, para señalar su apego a la legalidad.

            Esta lucha tuvo una serie de batallas importantes, pero la culminación de esta etapa sería en la ciudad de Zacatecas -geográficamente ubicada casi en el centro del país y paso forzoso para conectar el norte con la Ciudad de México-, la cual se había convertido en el punto estratégico al que el ejército huertista le había apostado todo al mandar allí al grueso de sus soldados; mientras que para los constitucionalistas ganar esta plaza significaba allanar el camino hacia el núcleo político del país. Hasta este punto el movimiento revolucionario tenía un objetivo claro y muy concreto: derrocar al usurpador Victoriano Huerta. Carranza y sus aliados: Álvaro Obregón, Villa y Zapata tenían un enemigo común y derrotarlo era la causa que daba sentido a la Revolución; tras la batalla de Zacatecas y la impecable estrategia militar de Felipe Ángeles, segundo al mando en el ejército villista, los alzados alcanzaron la victoria, la pregunta que surge entonces es ¿por qué no concluyó allí la Revolución? O más bien dicho ¿le podemos llamar también Revolución a los acontecimientos que siguieron?

            El epílogo de esta batalla fue la Convención de Aguascalientes, en donde se reunieron representantes de las diferentes facciones revolucionarias. Lo que se discutía allí ya no era cómo derrotar a Huerta, sino el proyecto de Nación que debía implementarse. La Toma de Zacatecas eliminó al enemigo común, y al alcanzar el triunfo, el problema que se hizo evidente entre los vencedores fue definir el futuro del país. No se trata de decir que las ambiciones personales de los caudillos impidieron la unidad, sino de hacer ver que los contextos regionales dieron pie a proyectos muy particulares y hasta contradictorios entre sí. Es por ello que se convierte en una necesidad historiográfica importante repensar las periodizaciones históricas, así como tender puentes explicativos hacia una sociedad que ha aprendido la historia como un relato simplista en el que se enfrentan dos bandos. Hoy, más que nunca, necesitamos hablar de los claroscuros, dejar en claro que la Revolución mexicana -como toda la historia en general- fue un proceso complejo y que la lucha no era entre buenos y malos, sino entre proyectos diferentes atados a contextos específicos. Pero de ello hablaremos con detenimiento en la segunda entrega de este texto.

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