Ser escritor en el siglo XXI

Raúl Solís, Un perdedor sin futuro. México: Lectio, 2017

por Edwin Alcántara

Con una pluma audaz, irreverente e irónica, Un perdedor sin futuro, de Raúl Solís, es un libro que nos arroja de lleno a sus páginas y no tenemos más opción que dejarnos arrastrar por sus intensos relatos que transitan por insospechados mundos íntimos marcados por el erotismo. Entre sus páginas nos asomamos a un collage de conflictos existenciales, deseos frustrados y martirios del joven escritor que protagonista la mayor parte de los relatos.

Si Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa o Humberto Guzmán han escrito libros con certeros y eficaces consejos para los aprendices de novelistas, podríamos leer el libro de Raúl Solís como la otra cara de la moneda literaria, el mundo paralelo de lo que implica ser un joven escritor en el siglo XXI, a través de la figura de Gabriel, personaje central que hilvana las vivencias que enfrentan a un creador ante un mundo decadente, desgarrado, absurdo, falso y volátil.

El libro puede leerse como un conjunto de cuentos que poseen autonomía y unidad narrativa, pero también como una novela poliédrica donde descubrimos distintas caras de un mismo personaje y donde los relatos son capítulos que se vinculan entre sí por los estados anímicos y mentales de su protagonista, por su ácida ironía, su corrosiva crítica a los rituales, imágenes e ilusiones que mueven al mundo, lo que emparenta al texto con la novela existencialista.

Las narraciones transitan por diversas situaciones conflictivas y explosivas para el protagonista: en un relato asistimos al enfrentamiento de Gabriel con su propio padre en un tribunal judicial y, en otro, lo vemos cuidando de éste en un hospital en el que pasa una tormentosa y sexualmente frenética noche. En una narración podemos ver a Gabriel como un escritor postrado que tiene que buscar un empleo cualquiera para sobrevivir y, en otra, lo tenemos en una sesión terapéutica motivada por la frustración ante editoriales a las que les importa más publicar libros con nombres de celebridades en sus portadas que contenidos de calidad. También podemos verlo en el reencuentro con viejos amigos de la preparatoria en un itinerario de bares, pulquerías y taquerías del Centro Histórico para recrear su propia “fenomenología del relajo” y, posteriormente, lo encontramos en una reunión con dos antiguas amigas que provoca una reinvención de su amistad al calor de los tragos, la confesión de los fracasos y los sufrimientos maritales.

El erotismo tiene un lugar central en el libro y es el eje emocional que marca el intenso ritmo narrativo de los relatos. Los detonadores sexuales son variados para el protagonista: un inesperado encuentro en el baño, en la agonía de una fiesta, con una mujer quince años mayor que él, donde baile, música y tragos abren paso a emociones e instintos reprimidos; la cita fortuita en un parque con una joven perturbada que lo confunde con otro, le da la oportunidad de cambiar su identidad por un momento y robarle una delirante sesión de sexo; una tortuosa experiencia implicada en un anuncio de servicios sexuales leído en los clasificados del periódico; el furioso estallido de violencia que le provoca la imposibilidad de poseer a la trabajadora sexual deseada.

La narrativa de Raúl Solís es envolvente, segura, desparpajada y desafiante para el lector. El lenguaje es un artefacto demoledor de falsedades, de apariencias, imágenes y escenografías, como un taladro que perfora los muros de la doble moral de la sociedad. Además del evidente espíritu bukowskiano, su escritura guarda un íntimo parentesco con la generación Beat —Kerouac, Burroughs, Ginsberg y compañía—, con la generación del 68 mexicano por su postura cáustica, irreverente y desmitificadora de la sociedad y por la inconformidad, la angustia y la incertidumbre que marca a sus personajes, sinécdoque de la juventud de un milenio ya no tan nuevo.

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