Miedo, violencia y votos. La coalición simbólica del fascismo

por Octavio Spindola Zago

La Bella Época, ese periodo que se extiende desde el fin de la Guerra de Crimea hasta el estallido de la Gran Guerra, se caracterizó por tropos como el optimismo y la autocomplacencia –al menos para los europeos occidentales y los estadounidenses-: la paz reinaba garantizada por el Sistema Bismarckiano (una compleja red de alianzas internacionales destinada a evitar que un nuevo conflicto escalara a las dimensiones del franco-prusiano), el reparto colonial sellado en la Conferencia de Berlín alimentaba la industrialización al proveer a las potencias de mercados de mano de obra, materias primas y consumo de bienes manufacturados, al tiempo que había realizado la promesa de incorporar a todo el mundo al curso de la historia, entendida como “Progreso”, tal como lo había escrito Hegel en su Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (1837).

En el clima de esas décadas, autores como Jacob Burckhardt, Johan Huizinga y Aby Warburg se volcaron a escribir no sobre los “grandes hombres” que construían Estados y acerca de las guerras que hacían perecer a unos e imponerse a otros, sino sobre la cultura. Esto es, la historia de la “alta cultura”: la lengua y la literatura, las ideas y la filosofía, las bellas artes. Para 1970, el constructivismo y la metodología hermenéutica entraron a la historia y ámbitos tradicionalmente considerados ajenos a ésta fueron analizados con una nueva manera de leer las fuentes: la cotidianidad y la vida privada, la cultura material, las representaciones sociales, el cuerpo y las formas de la sexualidad, la memoria y la identidad colectivas, los contactos culturales, las percepciones sensoriales, las emociones.

Sin embargo, temas “clásicos” como la política, no quedaron fuera del giro cultural. El interés por lo simbólico, lo expresivo y sus interpretaciones, los enmarcó en nuevas perspectivas, como el caso de la “cultura política”. Este tema fue desarrollado en las investigaciones de James Scott, Ranajit Guha, Keith Baker, Lynn Hunt y François Xavier Guerra. Sin negar la importancia de los diseños constitucionales y de la ingeniería institucional, cada sistema político, afirman Gabriel Almond y Sydney Verba, pioneros en el campo, está incrustado en un patrón particular de orientaciones a la acción política. Tal es la definición que ofrecen del concepto de cultura política. Orientaciones que abarcan valores y creencias de carácter cognitivo, evaluativo y afectivo.

El poder ha salido de la política, o mejor, se ha expandido a lo político. El presupuesto sociológico del hombre como individuo estratégico guiado por sus fines egoístas (es decir, por sus propios intereses y necesidades), tácito en la teoría de la elección racional, fue desplazado por una visión mucho más compleja de los actores sociales como estratégicos, sí, pero también afectivos y sensoriales. Esto lleva a enfocar los discursos y las prácticas mediante las cuales los grupos de cualquier sociedad, en un momento y espacio, articulan, negocian y hacen valer demandas de cambio. Y otros hacen lo propio para conservar el estatus quo.

Tomemos las elecciones, por ejemplo. No sólo son oportunidades rutinarias para que los votantes elijan entre opciones políticas. Son también formas de rituales concentrados en sistemas de símbolos, en personalidades y en representaciones sociales. Cada contienda electoral es una batalla por el sentido de la percepción de la realidad política. A este proceso, Matthew Norton lo ha denominado “crear una coalición simbólica”. El partido y sus candidatos deben desplegar teatralmente una narrativa creíble y que permita al electorado identificarse con ellos, debe “problematizar un problema” de modo tal que los votantes lo consideren real y, en consecuencia, se convenzan de que esa opción política es legítima y logrará resolverlo.

Precisamente ello fue lo que ocurrió con el ascenso electoral del Partido Nacional Fascista en Italia. La reforma electoral de 1919 introdujo el sufragio universal masculino al Reino, facilitando la expresión institucionalizada de la oposición al liberalismo a través de partidos de masas como el socialista y el popular. Pero el descrédito generalizado del sistema político en la opinión pública sólo aumentó. En el contexto de la posguerra, la sensación de inseguridad por la inflación se combinó con el agravio que se regó como pólvora ante los términos desfavorables que Italia consiguió al fin del conflicto, así como con el miedo provocado por la ocupación de tierras, los paros en fábricas y los saqueos a comercios durante el Bienio Rojo. Los fascistas articularon una coalición simbólica a partir de estas pasiones y convencieron a los italianos de que, a diferencia de los otros partidos, sólo ellos podrían evitar una revolución bolchevique en el país y restaurar el orden. Combinado con la violencia callejera que sus escuadras alimentaron, el mensaje fue considerado auténtico por los votantes y así, un movimiento marginal se convirtió en un partido dominante que terminó por destruir la democracia.

Un comentario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s