La tradición electoral en el Antiguo Régimen

por Matilde Souto Mantecón

En su libro Paraíso Occidental sobre la vida de las monjas del convento de Jesús María en la ciudad de México, Carlos de Sigüenza y Góngora escribió en 1684 que:

“… habiendo de hacerse elección de abadesa en uno de los monasterios de esta ciudad, permitiéndolo así la majestad divina, se le apareció a la venerable madre [sor Marina de la Cruz] un demoñuelo cuya catadura lo acreditaba de revoltoso. Díjole hallarse en gravísimo empeño y era haberle encomendado el príncipe de las tinieblas, su señor, alborotase en cuantas maneras pudiese la elección futura, formando bandos y sembrando chismes y cuentos entre las monjas, para que de ellos se siguiesen mutuos rencores”.

El propio espíritu maligno le dijo a sor Marina lo que en este punto tenía dispuesto y era aprovecharse de lo que todos sabían en la ciudad: que las monjas estaban divididas en muchos bandos.

Sin dudarlo, la monja le replicó al pequeño demonio: “A fe mía —le dijo con sencillez notable— que vos no debéis de ser de aquellos que saben que el pez por la boca muere y, pues ha permitido nuestro gran Señor —y vuestro también, aunque más os pese— el que me hayáis revelado vuestras intenciones, yo os aseguro que no habéis de lograr de ninguna manera vuestros intentos”.

Y efectivamente, sor Marina mantuvo amarrado al pequeño demonio hasta que se hicieron las elecciones y se consiguió sosegar así los alborotos que las habían precedido.

Este pasaje es muy revelador porque, sin ser este su objetivo, nos describe con claridad que dentro de los conventos, en el periodo novohispano, se celebraban elecciones y que éstas eran muy competidas. No fue un caso excepcional, hay muchos relatos parecidos. Testimonios como estos nos permiten afirmar sin lugar a dudas, que en México, en el siglo XVII, las mujeres votaban y tenían una intensa vida política … igual que la mayor parte de la población adulta de la Nueva España.

En el Antiguo Régimen, incluso en una monarquía que tendía a la centralización absolutista como la española, muchas de las autoridades sí eran elegidas, sobre todo las más cercanas a la población y esas elecciones eran muy similares a las actuales, claro que únicamente desde un punto de vista mecánico. Igual que hoy, se fijaba una fecha para realizar las elecciones y se establecían reglas sobre quiénes podían votar y quiénes podían ser candidatos. Incluso se hacían campañas… en fin, los procedimientos electorales eran muy semejantes a los actuales, aunque desde luego, el sentido y el significado profundo de lo que estaba en juego era completamente diferente, como también lo era la organización social y política. En el Antiguo Régimen, todo era pensado como creación divina. Todo, el cosmos, el orbe, la naturaleza y desde luego la sociedad humana eran obra de Dios y todo tenía un sentido, una función y un lugar distinto preestablecido. Era un orden que nadie podía cuestionar ni alterar y precisamente el deber del rey era velar por él porque ese era el bien común. Se trataba de una sociedad rígidamente estructurada, con un orden profundamente jerárquico y desigual, en el que cada quien ocupaba su lugar en el mundo y debía cumplir su función en él. Como un cuerpo, cada extremidad y cada órgano eran diferente, pero todos eran indispensables para que funcionara el conjunto.

La clave del sistema era que las personas o sujetos de derecho no eran los individuos en su realidad biológica corporal. Jurídicamente no existían los individuos aislados, sólo cobraban sentido cuando estaban articulados con otros semejantes o afines a ellos, formando cuerpos o corporaciones. Los sujetos de derecho eran entes colectivos y cada uno de ellos tenía su lugar y su función en el todo: tenía sus derechos y obligaciones; sus privilegios, los que fundamentalmente eran autonomía jurídica y política, es decir, tenía capacidad de autogobierno y potestad para hacer sus propias leyes, juzgar los conflictos entre sus pares y dictar preceptos dentro de la propia comunidad. Y era allí, en el interior de cada una de esas corporaciones, donde se realizaban las elecciones. Fue allí donde los hombre y mujeres aprendieron a votar desde la Edad Media. Pero ¿exactamente que eran esas corporaciones? No nos son del todo ajenas. Eran los gremios artesanales, las cofradías, las universidades, los conventos. Hubo muchas y prácticamente toda la población de Nueva España estuvo incluida en alguna o en varias de ellas al mismo tiempo. La principal corporación fue el cabildo o ayuntamiento, porque incluía a toda la población de una ciudad, villa o pueblo. Hubo algunas muy humildes, como el gremio de los tintoreros, y otras de alcurnia, como el gremio de los plateros. Algunas estuvieron integradas por los hombres más poderosos del virreinato, como la cofradía de Nuestra Señora de Aránzazu formada por los grandes mercaderes de la Nueva España, mientras que otras cobijaban a los esclavos negros de Veracruz, como la cofradía de San Benito de Palermo. Y fue precisamente allí, en el interior de cada de estas corporaciones, donde se desarrollaban las elecciones en la Nueva España.

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