Miedo y muerte en Zapotlán El Grande. El terremoto de La Encarnación de 1806

por Francisco Javier Delgado Aguilar

25 de marzo de 1806. 4.30 de la tarde. En el templo principal de Zapotlán el Grande, población ubicada en la intendencia de Guadalajara, se reúnen poco más de 2 mil personas para atender el sermón del  padre Francisco Núñez, correspondiente a la celebración de la Encarnación de María. Mientras los fieles escuchan la prédica, comienzan a sentirse los movimientos de un sismo, muy semejantes “a los violentos corcovos de un caballo desbocado”. En pocos segundos, los asistentes entran en pánico. Mientras el padre Núñez baja apresuradamente del púlpito y reparte absoluciones al auditorio, el templo comienza a derrumbarse: una a una, siete de las ocho bóvedas de la construcción caen sobre los fieles, que luchan inútilmente por encontrar la salida mientras suplican: “¡Padre, mi alma, que perecemos!”.

La noche del 25 de marzo y los siguientes días hubo varias réplicas del sismo. Muchas familias, aterrorizadas y sin un lugar seguro donde refugiarse, huyeron a las afueras del pueblo o acamparon en la plaza principal. En un padrón, las autoridades eclesiásticas registraron 1,533 viviendas dañadas y 283 muertos, todos bajo las ruinas de la iglesia.

Las autoridades intentaron rescatar los cuerpos para sepultarlos, pero el temor a que la corrupción de los cadáveres desatara una “gran peste”, las orilló a derruir completamente el templo, asegurándose que todos los fallecidos quedaran bajo los escombros. Este “funesto acontecimiento” provocó los “lamentos del pueblo”, que aumentaron por la interrupción del “Santo Sacrificio de la Misa”. Ante esta situación, el párroco Alejo de la Cueva ordenó levantar un jacal en la plaza que sirviera para reanudar el culto, lo que ocurrió el 28 de marzo.

El terremoto dejó secuelas traumáticas. El padre Francisco Núñez, testigo directo del desastre, se quejaba de dolores en el pecho, que atribuía a “los apretones” que recibió en el templo y a “la mucha cal que tragamos”. Además, confesaba el padre, “el corazón […] me inquieta por instantes causándome un trastorno total interior y mucha frialdad exterior en las extremidades”.

Muchos de los 549 heridos graves y leves que sobrevivieron al derrumbe del templo se negaban a ser atendidos, unos por “motivos de vanidad y de tonteras”, otros porque temían que les cortaran piernas o brazos. Varios de los que perdieron a sus padres, hermanos o hijos, seguían “sin saber lo que sucedió porque con el espanto quedaron tan embarazados sus sentidos que las viudas no lloraron la muerte de sus maridos, ni los hijos ni padres las de unos u otros”. Los más pobres, que se quedaron sin casa, ropa y alimentos, se refugiaron en el Hospital de Indios y las autoridades locales les proporcionaron frazadas, comida y medicina.

A estas ayudas se unieron la recolección de limosnas para reconstruir el templo y la ratificación como patrono y protector del pueblo del Santísimo Patriarca Señor San José, realizada por primera vez después del sismo que azotó la población en octubre de 1749. En esta ratificación, se acordó que durante las fiestas patronales se prohibieran “superficialidades, como convites, banquetes, corridas de toros, etc, que tal vez ocasionan muchos pecados, origen del castigo que han sufrido”.

Episodios como el sismo de Zapotlán en 1806 permiten estudiar las vulnerabilidades que agravan las consecuencias de un desastre y las respuestas de la sociedad afectada. En el caso que aquí se narra, los daños materiales y fallecimientos acompañaron la desarticulación de la vida cotidiana de los vecinos, que perdieron su familia y su casa, además de sufrir daños físicos y emocionales. Ante este panorama, la respuesta de los pobladores se guio por el sentimiento religioso, que priorizó la reconstrucción del templo derruido, pero también activó redes de solidaridad que permitieron auxiliar a los grupos más desfavorecidos. Desde esta perspectiva, los desastres son ventanas que permiten conocer cómo han cambiado las reacciones ante las crisis y valorar y poner en perspectiva nuestras propias respuestas.

Nota: La información de este texto proviene del Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara y forma parte de un artículo que publicaré en coautoría con el Dr. Raymundo Padilla Lozoya en la revista Temas Americanistas.

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